Deliciosa sobredosis de cine de autor

I.

El homenaje a los diez últimos años de cine rumano fue una de las secciones con más éxito del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona. El ciclo se dividía en dos partes: la primera era una retrospectiva de Cristian Mungiu que se basaba en la reposición de grandes títulos suyos como Occident o el ya reconocido Cuatro meses, tres semanas, dos días; la segunda entrega se centraba en los directores noveles que se han dado a conocer recientemente en Rumanía. En el certamen propusieron nombres como Catalin Mitulescu y su Cómo celebré el fin del mundo, Cristi Puiu por La muerte del señor Lazarescu o Cristian Nemescu y su California Dreamin’ entre otros.

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II.

Abbas Kiarostami se coronó rey del festival con su reciente trabajo Like someone in love. El film se sitúa en el actual Tokio, de la mano de una tímida adolescente prostituta que una noche conoce a un hombre mayor con el que compartirá una extraña aventura a la mañana siguiente. El director iraní dilata al máximo el tiempo narrativo para que el espectador capte la esencia de los diálogos, siempre palabras cotidianas en sórdidos interiores. Dicha lentitud narrativa sólo se entiende a partir de la contraposición con la extrema rapidez y desasosiego de la magnífica escena final.

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III.

Descubrir a nuevos talentos es el propósito del D’A. Gracias a esta edición han salido a la luz nuevos directores que se convertirán en futuras promesas del cine de autor. Por ejemplo Eloy Enciso, ganador del premio de la Crítica al Nuevo Talento por Arraianos, es uno de ellos. Otra gran revelación del festival fue la bosnia Aida Begic con la desgarradora Children of Sarajevo, película muy política que proyecta las heridas emocionales de los huérfanos de guerra.

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IV.

Si algo se le ha criticado a Lena Dunham a partir de la segunda temporada de Girls es la excesiva repetición de tópicos y su falta de imaginación, problema que remediaba plasmando experiencias de su propia vida, cosa que escandalizó a sus fans cuando se filtró la noticia de que la directora de cine sufría el mismo trastorno mental que la protagonista de Girls. Sin embargo como dijo Lucia Lijtmaer en la presentación de Tiny Furniture en el D’A: Tiny Furniture no es Girls, es Lena Dunham pero no es Girls. El segundo largometraje de Dunham no tienes los fallos detectables de la serie, pues los personajes sintonizan con una trama agradable para cierto público. Habla otra vez de una chica, Aura, que se busca a sí misma pero, a diferencia de Girls, Aura sí logra convencer al espectador. En definitiva Tiny furniture nos recuerda el motivo por el que tanto nos gustaba Lena Dunham un año atrás.

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V.

Han tardado poco en aparecer imitadores de Lena Dunham. Al parecer en Estados Unidos se reproducen a gran velocidad siempre con el gran propósito de destronar a su predecesora. En el D’A hemos tenido el honor de conocer y admirar el film de Noah Baumbach Frances Ha. La diferencia entre Baumbach y los demás falsificadores es que éste consigue trascender su condición de trasunto añadiéndole un toque cómico y personal que Dunham jamás ha logrado. Baumbach crea un ambiente neoyorquino en blanco y negro muy a la talla de Woody Allen pero con una historia terriblemente hipster. Sin duda la película no sería nada sin el fantástico papel de Greta Gerwig, la emergente estrella del cine estadounidense.

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VI.

Y por último la sección Direcciones era la encargada de mostrar las películas independientes más destacadas del pasado año. Si decíamos que el film de Kiarostami fue el ganador, Laurence anyways quedó en segundo lugar. El tercer largometraje de Xavier Dolan presenta la historia de un hombre que decide convertirse en mujer. El proceso de aceptación de la familia y su novia a ritmo de una banda sonora perfecta y una fotografía exquisita convierten esta película en una creación moderna poco convencional digna de un festival como el D’A. Otros films que merecían el segundo puesto son Everyday, la intrigante The we and the I y la ya comentada Frances Ha.

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To the wonder o el deber de amar

La aparición de una nueva película de Terrence Malick en la cartelera siempre suscita opiniones distintas, sobre todo contradictorias, sólo hace falta remitirse a su penúltimo film El árbol de la vida, que revolucionó el mundo de la crítica cinematográfica dos años atrás. To the wonder lleva sin duda el sello de Malick. Con los cinco primeros segundos de la cinta uno puede adivinar qué director ha creado dicho film, pues la poesía que irradia a través del tratamiento adecuado de las imágenes únicamente puede ser obra de uno de los mejores cineastas actuales como es Terrence Malick.

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Es difícil esbozar el argumento de To the wonder, dado que la película escapa de toda lectura lineal o, mejor dicho, de cualquier estructura narrativa. El film se ordena a través de una disposición de monólogos combinados con sensaciones visuales. No existe ni una sola sucesión de escenas en toda la cinta y además apenas hay diálogos. En este sentido Malick explota la teatralidad de sus actores, y es que al no haber diálogos los personajes deben exagerar sus gestos para que el movimiento realizado se adecué con el sentimiento que la voz en off está intentando transmitir. Esta dificultad de definir la trama se explica a través del gran cometido de la película. En To the wonder no hay tiempo narrativo ni escenografía porque las imágenes y el texto deben proyectar tres sensaciones. Cuando vemos y oímos a Marina (Olga Kurylenko) pensamos en el encarcelamiento, la desolación, en una vida sin rumbo provocado por el desconsuelo amoroso. Si las imágenes y la voz las interpreta Jane (Rachel McAdams) nos invade la esperanza, la pasión, la lujuria y el más profundo amor. En cambio Javier Bardem, a pesar de su poco protagonismo, nos acerca al quid de la película, en este caso nos muestra el cuestionamiento espiritual, la pérdida de la fe de un pobre sacerdote.

No obstante To the wonder tiene fallos imperdonables. Uno de los más considerables es el inexplicable papel tan frágil de Neil (Ben Affleck). Sólo oímos una vez la voz de Neil, justo al inicio del film, en el Monte Saint-Michel, refiriéndose a su novia Marina como “toda mi única esperanza”, y cuando la pareja se instala en el pequeño pueblo de Basterville en Oklahoma, Neil pierde su voz convirtiéndose en un ser que sí hace acciones pero que nadie habla de ellas, sólo Marina y Jane hablan por él cuando vemos imágenes de Neil con una de las dos chicas. En cambio cuando Neil aparece frente a la cámara llevando a cabo su rutinario trabajo en el ambiente tóxico de Basterville, es la voz de Marina quien acompaña esos fotogramas comentando lo hastiada que es la convivencia entre los dos amantes.

Se mide la fuerza de los personajes con su pertinente integración en el paisaje. Para Malick la relación entre la naturaleza y el individuo es más que esencial. Neil, a diferencia de Marina y Jane, no está en comunión con el escenario natural, por eso los dos personajes femeninos son tan fuertes. Las mujeres, generadoras de vida, siempre crean un vínculo extraordinario con su entorno en todas las películas de Malick. En cambio la presencia de Neil es introvertida y callada, siempre está dentro de habitaciones oscuras o vallada entre su propio miedo y sus instintos primarios. 

Podría decirse que To the wonder es entonces una secuela más de El árbol de la vida. Temáticamente ambas tienen un componente religioso muy poderoso enderezado hacia una única dirección. La religiosidad de El árbol de la vida se centra en la creación igual que en To the wonder, pues la última película de Terrence Malick incide en una visión de la vida no dirigida hacia la muerte, sino hacia Dios. Por eso el padre Quintana (Javier Bardem) proclama en su sermón que, como dice Cristo, no podemos amar sino que debemos amar dado que sólo amando se puede llegar a Dios y con él a la alegría de vivir.

Sheila Heti o redescubrir la feminidad. Primer fragmento: la amistad entre mujeres

Durante ese paseo bajo el sol me di cuenta de que yo tampoco había tenido nunca una amiga. Lo achaqué a que no confiaba en las mujeres. ¿Para qué quería a una mujer? No llegaba a comprender la química entre dos mujeres. Nunca había mantenido una relación estrecha con una chica desde que Angela me partiera el corazón, cuando yo tenía diez años y le contó mis secretos a todo el mundo. Habría resultado facilísimo enumerar las ocasiones en que una chica me había traicionado, la de veces que me habían hecho daño. Y, de haber querido hacerlo, habría sido igual de fácil elaborar una lista con todas las chicas a las que yo había infligido dolor: la primera Lorraine.

En cambio, no pasaba lo mismo con los hombres. Desde mi adolescencia me había sentido atraída únicamente por hombres, del mismo modo que yo los atraía a ellos: como amantes y como amigos. Ellos me perseguían a . Era muy sencillo. Con quien me gustaba charlar en las fiestas era con ellos, suyas eran las opiniones que me interesaba escuchar. Hombres eran las personas a quienes quería arrimarme, cuya influencia deseaba. Era fácil. Los hombres buenos experimentaban un cariño natural hacia mi, y siempre procuraban tratarme con amabilidad. Aunque pudieran ser imprudentes u olvidadizos, raras veces me trataban con crueldad, y pese a que no siempre fueran de confianza, sí que eran de fiar en un sentido más profundo: jamás me preocupó que el corazón de un hombre pudiera volverse en mi contra (al menos, no antes de que el mío se volviera en contra de él), y mucho menos sin motivo. Ante sus ojos se desplegaba un velo cuando me miraban, que para mí era una especie de protección.

Con una mujer, con quien no tendría por qué ser distinto, nunca sucedía eso. Requerían muchos esfuerzos, ¡y ninguna recompensa! Había que ganarse la confianza desde cero en cada encuentro. Por ese motivo las mujeres son siempre tan efusivas unas con las otras: lo de emitir agudos chillidos al reencontrarse por la calle, por ejemplo. Las mujeres tiene que ratificarse mutuamente, incluso pasados los años. Aún nos va bien. Sin embargo, en la exageración de la efusividad se reconoce que las cosas no van bien entre ellas, y que nunca irán del todo bien. Una mujer no halla cobijo ni puede anidar en el corazón de otra mujer, no de forma permanente. No es un terreno seguro. El corazón de una mujer podría ser terreno seguro para un hombre, pero ¿que una mujer trate de conquistar el corazón de otra mujer? Sería como aterrizar en un terreno inestable, sin forma, como intentar mantenerse erguido sobre una base de gelatina. ¿De qué me serviría mantenerme erguida sobre gelatina?

Sheila Heti – ¿Cómo debería ser una persona?

Patetismo azul

Con tres años de retraso llega a España el último film de Derek Cianfrance. Blue Valentine parte de la dilatación del tiempo, de una relación contada a través de dos historias. La primera, la más pueril, se centra en el enamoramiento de una pareja; la otra, la amarga, en su ruptura. La crónica es narrada a partir de saltos temporales que nos permiten detectar el clímax y el quiebro final del matrimonio. La pérdida del amor y el dolor de la verdad son los ejes centrales de Blue Valentine. La película pretende buscar el origen de la pasión, la razón por la que los enamorados deben luchar por seguir adelante aunque tras seis años de convivencia el cariño se haya convertido en rencor y ya difícilmente se hable sin discutir.

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El magnífico reparto lo encabeza el camaleónico Ryan Gosling, seguido de Michelle Williams, nominada al Oscar a mejor actriz por Blue Valentine, aunque no ganó debido a la interpretación superior de Natalie Portman en Cisne negro. El film estrenado en Estados Unidos en 2010 tiene un eco a producción de Hollywood dado el tópico que representa, sin embargo el modo de verter el contenido en espléndidas imágenes consigue adquirir el aroma a cine independiente que se merece. Es imposible no detectar el parecido con la cámara de Sofia Coppola en la recreación de la dimensión abstracta de Lost in translation o los neones de Tokio transformados en esos tonos azules de la habitación futurista en la que se encuentran los personajes la mayor parte del tiempo.

No obstante Cianfrance abusa de sentimentalismo. Proyecta escenas conmovedoras o de lágrima fácil para sintonizar con el espectador. El romanticismo se excede en la candidez de la primera historia y peca de patetismo en la segunda hasta el punto que recuerda otras películas como Once o el reverso tenebroso de El diario de Noa. Aunque no lo parezca Blue Valentine es una película con grandes pretensiones. El director procura alcanzar la fantasía amorosa de grandes nombres como Wong Kar-Wai en la fase del enamoramiento para después demolerlo a lo Bergman con los miedos, las dudas y el sufrimiento durante las últimas horas del matrimonio.

El verdadero problema que presenta Blue Valentine es la poca profundidad psicológica de sus personajes. Cianfrance quiere que los dos protagonistas hablen por si solos a través de sus acciones dado que prácticamente carecen de diálogo entre ellos. Los sentimientos de Gosling pueden parecer transparentes pero en ningún momento logramos leer el pensamiento de Michelle Williams. Williams actúa con tal esquizofrenia que resulta demasiado difícil entender lo que pasa por su mente.

Confesiones depresivas de Lena Dunham

El amor ha muerto, lo mataron los hipsters, o al menos eso decían ayer en Playground. El amor como lo entendíamos hasta ahora ha sido aniquilado por los hipsters. El moderno que escucha Beach House en blucle, lee a Ben Brooks en inglés y cada lunes se descarga en Series Pepito el último de Girls no quiere saber nada del amor. Lo único que le interesa de las relaciones son las rupturas, concretamente estar deprimido por el mal de amores. Pues según los devotos de Bon Iver sufrir un desamor es sinónimo de una vida interior profunda. Y es que en un mundo regido por la superficialidad, ser interesante se convierte en una meta que sólo se alcanza a través de la afectación por el desamor.

Si bien en la primera temporada de Girls ya intuíamos un fervor patético por la depresión post-romance, la segunda temporada directamente se basa en dicha visión de la vida. Siguiendo la máxima hipster de cuánto más triste más feliz, sería imposible contar con los dedos de la mano la infinitud de primeros planos de Hannah Horvath en modo emo. En este sentido es muy relevante la última escena del cuarto capítulo (que cómo no, Lena Dunham colgó en su Instagram), aquella en la que sale la protagonista apenada en la bañera y aparece Jessa llorando. Los llantos de Jessa causados por el inminente final de su matrimonio con Thomas John se mezclan con ciertas sonrisillas que acaban en grandes carcajadas. De nuevo la máxima, a más dolor más felicidad. Y lo mismo sucede en aquel episodio de la primera temporada en el que Hannah llega a casa destrozada después de descubrir la homosexualidad de su ex-pareja Elijah. Hannah siente dolor por una ruptura que debería estar superada hace años y de hecho prefiere esa sensación melancólica antes que alegrarse por su inicio de relación con Adam. Pues bien, en los últimos minutos del capítulo, Hannah convierte su desconsuelo en movimientos de baile exagerados que irradian júbilo. Sin embargo no se trata de una superación del malestar, es evidentemente una muestra más del regodeo por el tedio.

 

La sublimación de la ineptitud romántica de Hannah aparece en la nueva temporada. Hannah prefiere acabar con una relación sana por culpa de discrepancias políticas, dado que decir que ha salido brevemente con un republicano va a dar pie a muchas conversaciones con sus amigos hipsters. Pero sin duda el personaje que sigue a la perfección el patrón moderno anti-amor después de Hannah es Marnie. Fuimos testigos de una ruptura de los más esquizofrénica por parte de ella, seguido del posterior sentimiento de vacío que al parecer todavía sigue experimentando. Hecho que se evidencia en el cuarto capítulo de la segunda temporada cuando Charlie besa a Marnie y ésta siente un enorme pesar al decirle a su ex que está manteniendo una relación con otra persona. En definitiva, como si estar con alguien nuevo significara decir adiós a un estado depresivo un tanto adictivo.

Otro punto interesante que destacaban en el artículo de Playground es la omisión del cortejo. Al parecer los viejos trucos para ligar pasaron a ser algo secundario por no decir inexistente. En Girls raramente aparecen ocasiones en las que se potencien los elementos de la conquista o el asentamiento del noviazgo. Siempre vemos a los cuatro personajes femeninos con parejas ya construidas, nunca inmersas en el proceso de enamoramiento ni poniendo las bases de una relación. Por ejemplo nadie entiende como Jessa y Thomas John pasaron de insultarse a casarse en un solo capítulo. O en la segunda temporada, la relación que ha surgido entre Booth y Marnie después de un único encuentro sexual.

La única chica que confía en la magia del amor es Shoshana, casualmente la única de ellas que no es hipster. La virginal Shoshana que lee manuales para mujeres, ve Sexo en Nueva York y tiene todo su apartamento decorado en tonos rosas es la que encontrará a su hombre: a Ray. Parece como si Lena Dunham nos dijera que todavía hay esperanza para el amor pero sólo si uno no es hipster.

El manual de humildad para las jóvenes promesas

“Gran parte de los males y sufrimientos en la vida provienen de nuestra incapacidad para liberar tensiones y fuerzas dentro de nosotros. Cuando una persona nos rechaza, nos rebelamos por dentro y, de algún modo, nos aferramos a este rechazo. Esto genera una tensión que, como el doctor Wilhelm Reich demostró hace mucho tiempo, se transforma en una tensión muscular y, si no se desbloquea, agota el campo de energía del cuerpo y altera su composición química. Mi investigación con plantas indica el camino hacia ese desbloqueo y la consiguiente liberación”.

Con esta cita de Marcel Vogel da comienzo el último libro de Patricio Pron. En La vida interior de las plantas de interior apenas aparecen plantas, pero sí cuenta con el desbloqueo y la liberación del que habla Vogel. Todos y cada uno de los personajes del conjunto de relatos experimentan una parálisis mental que posteriormente conduce a una especie de revelación emancipadora no necesariamente vinculada a la felicidad, más bien se trata de una epifanía aterradora.

La voluntad de expresar dicho acorralamiento se inicia con “El Cerco”: un macabro atropello de un perro que da paso a la exploración psicológica de varios individuos perseguidos por demonios que ni siquiera existen. Más adelante, deshaciéndose de la seriedad de los primeros relatos, el autor argentino sitúa el punto de vista del tercero en los ojos de un perro, pero no un perro cualquiera, estamos frente a la mascota de Picasso. Un animal que es retratado en cincuenta y cuatro cuadros y que además odia a los comunistas, antipatía que una vez más participa del mismo asedio experimentado por los protagonistas humanos. Y quizá “En tránsito” sea la pieza más bella y sincera de La vida interior de las plantas de interior, pues describe los primeros y últimos días de una pareja vulgar. Patricio Pron narra con una ternura conmovedora la agonía del desamor, la dicha convertida en infelicidad, en definitiva, aquello que nos duele soportar.

La sátira de la profesión de escritor es presente en casi todos los cuentos ya que en ellos figura alguna que otra persona relacionada con el mundo de la crítica o la escritura. El sarcasmo culmina en “Trofeos de amantes que han partido”, relato en el que dos blogueros mantienen una relación esquizofrénica a tres con otro autor ya consolidado. Pron denuncia la dimensión competitiva de este mundo desde la ambición de la fama hasta la siniestra imagen del troll de Internet. Pero lo que realmente une a los dos protagonistas de este cuento no es el deseo de convertirse en escritor cuando uno es joven y estudia filología, el nexo común entre ellos es la reiterativa aparición del fracaso en sus vidas. Así pues la frustración y el desengaño acompañan a los personajes de estas historias, sobre todo aquellos que se atreven a adentrarse en el territorio hostil de la literatura.

Sin duda La vida interior de las plantas de interior está a la altura de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, su anterior conjunto de relatos publicado en España. Si bien en el último el componente que mantiene unida la obra completa es menos visible que su predecesor, eso permite disfrutar de cierta heterogeneidad y autonomía no tan perceptibles en El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. En este sentido el reciente trabajo de Patricio Pron parece consolidarlo una vez más como uno de los escritores más maduros e influyentes de nuestro presente.